Una de las situaciones que más nos hace salir de nuestras casillas son aquellas que solemos tildar de ‘injustas’. Quizá no sepamos muy bien definir qué es eso de la justicia pero saltamos casi como un resorte automático cuando creemos estar siendo víctimas de hechos desfavorables. Eso es: lo que nos favorece o lo que nos perjudica. ¿En qué consiste?

Platón se sintió muy desgraciado cuando, según el oráculo, el hombre más justo y sabio de Atenas fue condenado a muerte en plena democracia. Esto le llevó a desconfiar de este sistema manejado por corruptos y personas que solo buscaban su interés personal. Para ello elaboró todo un sistema filosófico con su epistemología, antropología, metafísica, ética y política con el objetivo de encontrar un modo de gobierno en el que no fuera posible tamaña injusticia. Cuando llegó a la vejez, como les pasa a muchos, terminó reconociendo que quizá no era lo mejor y defendió que lo mejor era el imperio de las leyes.

La primera pregunta que tenemos que hacernos, por el hecho de vivir juntos, es si queremos normas. Podríamos optar por una respuesta negativa y entonces imperaría la única ley posible: la del más fuerte. Calicles decía que lo injusto era que los más débiles gobernaran por medio de la ley y no que mandase el más fuerte por naturaleza. O sea, que las leyes serían –y lo son, menos mal- antinatura, como, al fin y al cabo es, básicamente, la cultura.

¿Por qué tengo yo que obedecer la ley? ¿Por qué tengo que hacer algo que no me gusta, que no me conviene, que me perjudica incluso –o eso creo? Dejemos a un lado el motivo no racional por antonomasia: por miedo. Intentemos buscar un motivo basado en la razón, misión de la denominada Ética, que no moral.

Algunas personas solo se guían por su criterio exclusivo. Seguiré las normas si me benefician –o eso creo- y no lo haré si me perjudican. Este criterio es totalmente contrario a eso que denominamos ‘Democracia’. ¿Qué pretendemos? Fundamentalmente tener privilegios, ser la excepción de la regla, destacar, sacar ventaja, sentirnos un poco ‘poderosos’ al creernos por encima de la ley, es decir, de los demás. Y encima nos autoengañamos diciendo que ‘tenemos derecho’ cuando estamos confundiendo privilegios con derechos. Creemos que actuamos bien, por eso lo hacemos.  Algo muy común en la actualidad es pensar que tenemos derecho porque ‘hemos pagado’: insultar a los jugadores de fútbol porque hemos pagado una entrada. Sócrates nos decía que solo el ignorante actúa mal. La mayoría piensa que eso no es así; que quien actúa mal lo sabe pero lo hace porque le beneficia. Pensémoslo bien; ¿quién actúa mal a sabiendas? Es ilógico. Creemos actuar bien cuando realmente no es así porque desconocemos lo que está bien aunque creamos que no es así. Se trata de saber calcular, como decía Epicuro, entre bienes a corto plazo que son males a largo y males a corto plaza que serán bienes más adelante. Las personas inteligentes, sabias, deben saber hacer esta distinción.

Siempre criticamos a los de ‘arriba’ cuando los medios de comunicación nos desvelan su falta de cumplimiento de la ley. Los criticamos, nos parecen unos ventajistas, nos recuerdan que nosotros somos los de ‘abajo’ y eso no es agradable. No sé qué nos desagrada más: que haya gente privilegiada o que nosotros no lo seamos también. Casi que apuesto por lo segundo porque, en cuanto tenemos ocasión, caemos en esas pequeñas ‘violaciones’ de la ley que nos producen una satisfacción infantil. Fumar donde no se debe, robar algún pequeño producto en algún gran almacén, llevar suelto a nuestro animal doméstico por las calles, no recoger sus deposiciones, aparcar impidiendo el único modo de paso de un discapacitado, cortar el tráfico de una calle y que se fastidie el que venga, hablar cuando se me pide silencio, comentar la vida del vecino en plena proyección de una película en el cine donde no solo estamos nosotros, o en el concierto al que he ido para luego poder dar envidia a los demás –incluso pagando- sin respetar el trabajo del músico ni el interés de los demás, llegar tarde donde se pide puntualidad perjudicando a los que sí han sido puntuales, conducir con unas copas de más y hablando con el móvil hasta el punto de provocar algún pequeño altercado y tantos ejemplos que ustedes ya tienen en su cabeza. Y aún peor que saltarse la norma es la no aceptación. Cuidado con decirle al infractor que no está bien lo que ha hecho. Usted será el malvado que se mete ‘donde no te importa’. Gran falacia. Sí me importa. Me importa porque sí me afecta, más directa o indirectamente. Que alguien se crea con derecho a no acatar la ley y a que nadie pueda decirle nada nos afecta a todos. Es el desprecio hacia los demás, es el sentirse por encima, es el derecho a “no tener razón” que decía Ortega y Gasset, es la actitud del señorito insatisfecho, el niño mimado que no acepta la menor crítica. Y se pretende justificar lo injustificable. Jamás dejarnos criticar, jamás ceder al ‘enemigo’, es decir, a los otros, porque ‘todos’ son el enemigo.

Evidentemente alguien podría pensar que también existe un concepto: la desobediencia legítima de la ley. Efectivamente, y muy necesario es que exista. Pero sería el colmo de la desvergüenza usar esta idea para justificar mi egoísmo. ¿Cuándo es justo desobedecer una ley? Difícil respuesta pero intentémoslo. Cuando sea claramente injusta. Cuando perjudique a una inmensa mayoría, cuando su aplicación provoque sufrimiento, sacrificio más allá de lo humano, cuando beneficie a una minoría. John Locke decía –y no era comunista radical ni nada de eso- que, en democracia, el pueblo tiene derecho a rebelarse si el gobierno le perjudica. “Salus populi suprema lex”. El bienestar del pueblo es la ley más alta. Si la situación fuera insostenible no haría falta esperar a unas elecciones. Sería legítimo derrocar a los poderosos a través de una rebelión. Esto, hoy en día, parece que suena muy radical. Es que en el siglo XVII ya había mucho ‘podemita’ liberal.

La Democracia no es algo conquistado. Es una lucha constante, es el viaje de Ulises que no termina de llegar nunca a Ítaca y que nunca llegará. Y si lo hace debería ir más lejos, como nos dice Cavafis en su poema. Pero sí podemos acercarnos, intentar llegar; siempre es mejor la proximidad que la lejanía. Es mejor la cercanía al éxito que alejarnos, que fracasar. No es fácil y todos podemos hacer algo; nuestra pequeña lucha personal por ser honestos, coherentes, empáticos, respetuosos. Porque respetar la ley es respetar a los demás y, evidentemente –triste si no se ve- respetarnos a nosotros mismos.