Tenemos, profesor,  un tema del que hablar. Bien,  eso después de clase. Vale, puesto que el tema, señor profesor,  es cuándo mis niños conocen las calles, los oficios, las plazas, los nombres de quienes viven en torno a su colegio, de modo que esto sea el mejor deber escolar. Pero lo hablamos fuera de clase, no se preocupe usted, mientras vamos a visitar junto a los niños al panadero, que vive en el 2 de mi calle, puerta con puerta de la casa del niño. Sepa usted que cada tarde, cuando el niño merienda,  nos salimos a la plaza con los compañeros de clase y jugamos al tres en raya, o a pídola o al güá, o al trompo, o al escondite, o a policía y ladrones, o a tinaja… Ellos mismos me enseñan los juegos que usted les ha enseñado en el aula, y a ellos jugamos;  o  les enseño los que aprendí yo  de niño. Otras tardes  nos vamos a ver la tienda de chuches,  donde compran los chicles y la tendera les dice de qué están hechos su caramelos. Algún otro día vamos a la peluquería, porque estos juegos y viajes, los hacemos con los chicos y las chicas. Le aseguro, profesor,  que no se acuerdan de los deberes, siquiera cuando se ponen al ordenador para conocer quiénes son quienes  dan nombre a su barrio y a sus  calles. Alguna vez, el autobús nos  acerca al parque de bomberos, a la iglesia, al centro de salud o al centro de mayores… Y no puede usted imaginar cómo nos lo pasamos. De esto le quería hablar, profesor, y me parece adecuado esperarlo al fin de las clases. No sé si me ha oído contarle cómo una niña de mi calle le pidió al alcalde dos plazas para su barrio, por si se le rompía una. Tampoco sé si es muy disciplinario y con estos juegos  aprenden los niños y niñas la responsabilidad del trabajo, pero lo que sí puedo asegurarle es que conocen los oficios y los nombres de sus  calles y la importancia de ser ciudadano, como se llama ahora a los vecinos. Lo aprenden sin  “deberes” escolares.