screenshot_2016-11-06-20-22-36Es esa mirada la que inquieta a Mario. Es una mirada… No sabe cómo expresarlo. Pero es una mirada mantenida. Él retira la vista, mira al gotero, mira hacia la ventana. Cuando vuelve a mirar a su madre, ella no ha cambiado un ápice.

 Es la mirada de María. Y le produce zozobra, desazón, y una profunda tristeza.

 Está postrada en su cama, desconcertada, con las venas rotas por las agujas de los goteros, viendo fantasmas fatídicos, hastiada por tener que mantener la misma posición desde hace semanas; y sin embargo mira a su hijo con una paz que le desconcierta. No puede hacer nada para responder a su mirada. Le desarma. Le deja vacío.

 Wanda, la mujer de Mario, hace años que se despidió de sus padres. Hace años que les ayudó a preparar las maletas de su último viaje.

 Cuántas veces le comentó sobre los nuevos sentimientos que le afloraban. Sentimientos de pena que Mario no entendía en profundidad.

 Ahora le ha tocado a él con las maletas. Y pronto tendrá que despedir a su madre. Y es posible que Alfredo, su padre, quiera acompañarla. Lo mismo se van juntos. O lo mismo espera un tiempo para cerrar viejas cuentas. No lo sabe con certeza. Alfredo no tiene ni idea.

 Ahora, tras esa mirada rara, tras esa mirada no pautada, Mario empieza a sentir que también afloran esas emociones de las que le avisaba Wanda.

 Y Mario piensa qué se llevarán María y Alfredo dentro de sus maletas. ¿Serán cosas buenas?, ¿malas?, ¿o una mezclilla de ambas?. Está claro que su madre se lleva varias enfermedades, las que le hartan hasta la desesperación y la que le mata: osteoporosis, insuficiencia renal, insuficiencia cardíaca, herpes hiperactivo, polimialgia, y la mortal leucemia.

 Pero todo eso no es lo que llena las maletas. En ellas María, y cuando le toque, Alfredo, se lleva una vida plena, llena de recuerdos, afectos, satisfacciones. Cariño a raudales.

 Cuatro hijos. Ocho, según ella. Y piensa en sus yernos.

 En cuanto a Alfredo, que dispone de los mismos recuerdos y amores, es posible que tenga la sensación de llevarse la maleta vacía. Cada vez que la llena, su enfermedad se la vuelca.

 -¿Quién viene a cenar conmigo?  -le pregunta a Mario-  Y Mario le responde que su hija pequeña, o su hijo, o su otra hija.

 -Bien, -le contesta Alfredo-, y se queda tranquilo.

     -¿Quién dices que viene a cenar conmigo, hijo?- pregunta al rato-.

 Y qué punzadas en el corazón, cuando al volver a preguntar, lo hace con mirada vacilante. Con esa mirada candidata a no memorizar nada.

 ¡Puta vejez! ¡Puta decadencia física y mental! ¡Que degradación de lo que tanto les costó formar!

 ¿Y ahora qué? ¿Tan solo un adiós. ¿No hay nada más?

 Buen viaje, queridos padres.

 

 En homenaje a todas las Madres y padres que están preparando su viaje.

Con un inmenso cariño de sus hijos, de sus nietos y, en este caso, de sus yernos.