Me miraba. Yo miraba a su compañera, usted  ya no me recuerda,  pues dímelo tú, le dije a su chica, no,  es él quien  fue su alumno. Claro. Dime tu nombre, que comienzo a olvidar. Yo soy Oliver. ¡Claro! Después de veinte años, unos pocos más dice él, total con 38 se luce bien y usted también. Sí sólo que mis más veinte  son sesenta y ocho. Me miraba la chica a la que yo miraba y se rieron los dos. Porque no sé qué pasa que el tiempo no deja de pasar. Es como la brisa, de un suave aire, que por constante va calando tus huesos y coloreando las páginas del almanaque que colgaste en la pared de tu habitación al cumplir los cincuenta. A partir de hoy, ya, es mañana imprevisto. Y así se lo conté: No tengáis premura en hacer cuanto  os plazca, que el tiempo se encarga de poner un mojón en vuestras vidas.  Los vi tan jóvenes, sobre todo ella, que cuando alguien me habló de arriesgar en bienestar, sólo tuve ojos para decir: vosotros;  adelante;  cincelad el tiempo para que os haga maleables y no os despida por imposibles. Estaba despidiendo a la  madre de ochenta y seis de un amigo de cuarenta. Y a su lado, su amigo, que me hablaba de rejuvenecer  la política y Oliver que dice recordarme y yo a él reconocerle por la mujer que le acompaña y por dentro, en contraste de Mari muerta,  la vida por venir pregonada por Marisa.

Me vine cantando y contando pokemons. ¿Qué hay de ti, Manuel, embelesado del tiempo que te dejó embelesado? Porque esa fue la segunda imagen: Yo embelesado de la sonrisa de la chica y él, no ella, de mí. Estampa en un tanatorio.