Es ya una especie de mantra decir que, cuanto más informados estamos, más sabemos. Todos sabemos que hoy en día existe la mayor cantidad de información que nunca antes ha poseído la humanidad y, además, es cuando más fácil es :acceder a ella. Una conclusión simple nos podría llevar a colegir que en la actualidad somos más sabios que nunca. Pero dudo que sea mayoría quien esté de acuerdo con esta afirmación. La falta de información conlleva ignorancia por ausencia, pero la sobreinformación provoca el mismo efecto por, paradójicamente, exceso o saturación.

Quizá deberíamos diferenciar entre saber, en cuanto a poder obtener una información, y saber en el sentido más de poder comprender aquélla. Para poder realizar lo primero necesitamos, básicamente, cierta disponibilidad económica. Poder comprar libros, periódicos, revistas o acceder a internet. Para lo segundo no es necesario tener recursos materiales sino curiosidad, interés y cierta dotación genética mínima. Existen otras necesidades bastante complicadas y, quizá, no tan fáciles. Saber escuchar, ser razonable, más complicado que ser racional, no creer que por no llevar razón soy inferior, voluntad de verdad más que de interés propio, curiosidad, voluntad de bien. Tenemos muchos enemigos que nos dificultan todo esto: egoísmo, poder, dinero, presión social, el dichoso derecho a “no tener razón”, expresión que acuñó Ortega y Gasset, que tanto se reclama hoy en día, la mal entendida igualdad como si todas las opiniones fueran igualmente respetables –sí así el derecho a opinar-.

Pero en especial creo que uno de los enemigos –ya más que amigos- que tenemos son los medios de comunicación. Ya, ya sé que no todos son iguales y efectivamente así es. Pero los grandes medios quizá sí se puedan englobar en este grupo. Cuando queremos tener una opinión crítica lo mejor formada nos tenemos que desenvolver en multitud de opiniones, lo que no quiere decir mucha diversidad ya que quizá existe demasiada reducción o simplificación. Ya sabemos: mensajes cortos, eslóganes, titulares (como los del principio de los telediarios), impactantes, que se graben a fuego. El desarrollo o argumentación ya es harina de otro costal. Y, además, suele consistir en calificaciones, incluso insultos, que generen miedo, temor o rechazo. Adjetivos que provocan una respuesta emocional pero no racional.

¿Y, entonces, de quién fiarse? ¿Cómo saber quién me quiere manipular y quién pretende convencerme con argumentos?

Existen dos opciones claras al menos: por un lado los que sirven al Poder (político, económico –si es que es distinto-) y los que no. Los primeros quieren defender el statu quo, el “manoseado” término “sistema” que mantiene lo que ya hay. Y lo que hay son las condiciones que permiten al poderoso ser poderoso con sus privilegios. (A modo de dato, más del 80% de las agencias internacionales de comunicación están en manos de capital estadounidense, país que domina el mundo). Poderosos y colaboradores por seguir como hasta ahora, por mantener la estructura de la Caverna de Platón. Necesitan sombras, oscuridad, falta de verdad para mantener el engaño.  Y por otro lado los críticos, los que no se fían, los que no aceptan lo que hay, los que quieren otra cosa, los que no tienen el poder. Puede que ellos también quieran el poder y los privilegios o puede que quieran que los Derechos existan, que dejen de ser papel mojado, un consuelo para que los desfavorecidos crean que no están tan mal, que quieran que no sean papel mojado, que dejen de ser un proyecto para ser, cada vez más, una realidad.

Como decíamos, ¿de quién fiarse? El colaborador del poderoso se juega mucho; hay muchos intereses. El crítico que pretende el mayor bien para el mayor número de personas no se juega nada porque no tiene nada. Decían los griegos que la curiosidad es hija de la pobreza y de la osadía. Exige valor para enfrentarse al poderoso pero no tiene nada que perder. al desahuciado, al marginado, al pobre, al desesperado ya no le queda nada. El crítico no tiene nada que mantener, nada que proteger. Solo el que posee tiene miedo de perder. (Solo el que tiene posesiones necesita alarmas que protejan la seguridad de su propiedad). El mensaje más sincero, más fiable es el del crítico, el que intenta desenmascarar  la red de intereses económicos y privilegios. El poderoso querrá convencer para que creamos que nuestro bienestar consiste en, primero, el status de aquel. “Si yo no soy rico no puedo crear riqueza y entonces tú no podrás tener trabajo. Las desigualdades son necesarias para que tú puedas vivir”, (cuando es más bien “todo para mí, nada para los demás”). No creo que para que esto sea así sea necesario que el 1% de la población posea el 50% de la riqueza mundial. Huele mucho.